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Dios produce emociones.

Hoy tuve una conversación difícil. Tuve una conversación en la que quería aportar, pero la persona con la que debatía pensaba muy diferente a mí, estaba en un terreno y postura muy distante de la mía y además, era muy buena argumentando. Es una mujer brillante, elocuente. Una gran mujer con grandes ideas.


Durante la conversación entendí que una relación con Dios es una relación emocionante. Una en la que puedes experimentar tus emociones, y estar cada vez más dispuesta a sentir. Las emociones con Dios son mucho más transitables. Le decía a esta persona que para mí el tema de las relaciones, sobre todo el de mis relaciones de pareja, porque he tenido novios, cuentos, casi algos, entre otros... era un tema con el que yo probaba a Dios. Durante mi vida he orado por cosas como: “Dios, por favor cierra mi corazón” “No quiero pasar de brazo en brazo” “Quiero que la próxima vez que se abra mi corazón para alguien, ese hombre me ame y me respete” “Ayúdame con este dolor, con esta separación o pérdida”… etc. Y pienso que sólo la idea de que le estoy haciendo estas peticiones a alguien que me escucha, me entiende y me ama, ha hecho que yo tome decisiones con más firmeza, y crea que eso que estoy pidiendo tiene mayores probabilidades de ocurrir. Mis emociones se movilizan cuando hago ese tipo de peticiones, sabiendo que serán respondidas. Pasan de ser decepción, rechazo, abandono, desconfianza, inseguridad y dolor… y por momentos se tornan esperanza, confianza, entusiasmo y curiosidad por el futuro.


La mujer con quien hablaba no cree en Dios. Sin embargo, también me dijo que tenía conversaciones consigo misma para darse cuenta. Le dije que yo veía la espiritualidad como una manera de tener conversaciones conmigo misma, y darme cuenta. Pero que para mí era más fácil hablarle con amor a Dios, que hablarme con amor a mi misma. Dios era un vehículo para amarme indirectamente. Le mencioné que esperaba que pudiese cargar emocionalmente esa conversación que tenía con ella misma, con la vida, con el universo o la realidad. Que para mí era más fácil el hablarle a un Dios al que le puedo atribuir amarme, escucharme, cuidarme, dirigirme y hasta esperarme, porque me emocionaba. Aviva más mis emociones que si le estuviese hablando a la nada o al silencio.

Era más fácil agradecerle a Dios, que sentirme grata con la nada.

 

Ahí me respondió que ella hablaba consigo misma para cambiar su perspectiva de las cosas. Que los días en los que abría sus ojos y ya todo le sabía a popó, ella decía: “No, a ver... me voy a levantar, voy a ver y hacer las cosas mejor” pero pronto ya estaba cansada de ese positivismo tóxico e hipócrita.


Allí me di cuenta de otra cosa. Que no era por ahí, no había necesidad de decirse mentiras o engañarse para emocionarse mejor con esa conversación. Se trataba de rendirse, y de buscar consuelo porque es lo que necesitamos. De decir: “Dios, yo siento que todo es un pedazo de caca, y yo otro pedazo de caca que puede empeorarlo todo… Ayúdame, porque yo sola no puedo” “No quiero hacerlo sola. Me da tedio, mamera, terror…” “Necesito algo mejor que yo y que me ame para vivir esta vida que no me hace sentido vivir”.


Imagínate eso. Tener un Dios que te emociona de muchas formas:

Te hace sentir gratitud cuando lo utilizas como un receptor de tus agradecimientos y declaraciones. Sientes que no le hablas a la nada y además te escuchas a ti mismo decir: Gracias, te amo, gracias por amarme, gracias por mis oportunidades, privilegios y bendiciones.

Te hace sentir certeza y descanso, al pedir por tus sentimientos y porque tú puedas tomar decisiones que los impacten. El escucharte decir: “Dios cierra mi corazón” es como si escucharás en letra pequeñita: “Estoy segura de que mi corazón puede aprender a vivir sin estar persona” “Voy a estar libre y sin ataduras emocionales con él o ella” “Yo puedo cerrar mi corazón, lo haré. Así será”.

Y te permite sentir consuelo, sustento, apoyo… y a la vez humildad, algunos dirán humillación… o aceptación de que la vida es difícil y que podemos empeorar las situaciones. Que realmente necesitamos ayuda pero sabemos que la recibiremos. Somos seres humanos que necesitan sentirse acompañados, escuchados y comprendidos. Y no tan solos.


Todo esto hace Dios con tus emociones.

Dios produce muchas más emociones que sólo miedo o culpa, como te dicen allá afuera para alejarte de Él y emocionarte a través de la espiritualidad.


Dios es emocionante.
Dios es emocionante.

 

 
 
 

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© 2026 Angela Carrero Gaitán | Psicóloga & Consultora en Wellbeing Organizacional
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